“EL VALOR DE LO INÚTIL” DE LA LITERATURA EN TIEMPOS DE PANDEMIA

He encontrado la canción que necesito para ayudarme argumentar, he subido las persianas para que entre la luz. Saboreando el primer café de la mañana miro sin exaltarme  una cana que ha salido al lado de mi sien. Pero también miro las huellas que el tiempo ha dejado a su paso, que no se ven en mi piel todavía, sino que son huellas que nadie ve porque están en lo más profundo de mí ser, como la pérdida de mis seres más queridos con los cuales ya no podré conversar.

Eso sí: estoy vivo. Quiero decir que no soy simplemente un sobreviviente, alguien que se limite a salir del paso cada día, sino un tipo satisfecho. Duermo a pierna suelta, doy besos sin cohibirme, conservo a mis amigos, gozo de salud, estudio lo que me apasiona y, encima de todo, puedo comer empanadas en cualquier fritanga de esquina sin temor a que alguien venga a pasarme cuentas de cobro. Mi desahogo también se debe a que disfruto el amor sin someterme a hipotecas ni imponérselas a nadie.

Nací  en una región hedonista donde se le concede mucho valor al gozo del instante. Nuestras abuelas decían que lo que no se nos va en lágrimas, se nos va en suspiros. Entonces, ¿por qué buscarle al cuerpo males que no ha pedido en vez de obsequiarle una parranda bajo la luna? El azúcar hace daño, pero no le encuentro ninguna gracia al café amargo; los alimentos fritos producen colesterol, pero me interesa más la dicha que la longevidad. Vinimos a pasarla bien hasta cuando se pueda, así que prefiero vivir dándome gusto en el convite que abrumado por las prevenciones.

Un amigo Monteriano, ya cincuentón, me contaba que a veces, al contemplar sus fotos antiguas, descubre que en ciertos momentos fue feliz y no se dio cuenta. Por andar buscando la felicidad como un estado de gracia permanente olvidó disfrutar varios sucesos gratos. Yo, en cambio, no necesito que este instante haga tránsito hacia el álbum fotográfico para percibir, dentro de veinte años su encanto. Aunque el cielo sea ahora menos radiante por esta pandemia mundial, el café que me estoy bebiendo es magnífico.

No digo que viva sin problemas, ni que sea un sabio enterado de cómo se debe vivir, ni que carezca de frustraciones. Digo, simplemente, que a pesar de mis limitaciones, a pesar de las adversidades y a pesar de los muchos propósitos malogrados sé defenderme con el sentido del goce del que aprendí en casa. Cuando pienso en los mangos “genuinos, olorosos y tiernos” que se deben estar perdiendo en mi pueblo, recuerdo que tengo un paladar capaz de disfrutarlos; cuando caigo en la cuenta de que no sé bailar salsa, me digo que, aun así, la música del Joe es mi escudo.

Afortunados quienes saben hallar tesoros en cosas simples, como aquellos pueblerinos del alma sencilla que “miran a la riqueza de perfil más no con odio” como dicen los versos de Gómez Jattin, el más grande poeta de la literatura colombiana. Este tipo de personas son los que en lugar de ponerse a comparar sus uvas con las del vecino aprenden a elaborar vinos para brindar por la amistad y los placeres.

¡Salud, mis amigos!

¡Salud, mujer maravillosa!

Los placeres, ay los placeres.

Siempre he creído que los placeres simples no son simples placeres. Aquí radica el valor de lo inútil, según Nuccio Ordine. Ayer me comí unos patacones estupendos, escuchando un Diomedazo para transportarme a mi pueblo. Después leí la prosa elegante de Juan José Arreola, algunos poemas de Gómez Jattin y algunos versos de Meira del Mar. Para mí en estos actos radica la ventaja de estar con vida.

Ahora sigo mirando con regocijo el nuevo día a través de la ventana. Mi madre decía que la actitud endulza el café cuando escasea la azúcar. Supongo que por allí principia el bienestar.

Empiezo oír la canción de la cual quería hablarles. Fue grabada en los años setenta por Cristina y sus Top con el título tres cosas hay en la vida. La gente suele suplicarle a Dios los elementos exaltados en esa canción: salud, dinero y amor.

¡Dios, ay Dios!

Hay que ver al montón de personas que buscan a un dios como simple pastilla dominical para aliviar sus conciencias, personas que se dan golpes de pecho en nombre de la misericordia y después maltratan al subalterno débil o cuentan sin riburorizarse el dinero que ganaron en forma tramposa. Muchos andan convencidos de que el cielo les pertenece a ellos y a nadie más, y de que los problemas ajenos son insignificantes (y en la situación en la que anda el país, mucho más). Mi idea de bienestar pasa por negarme a visitar los templos donde se alaba la mezquindad de esos tipos.

¿Amor? Ya les dije: lo  tomo como una motivación para levantar el vuelo, no como una carga para hundirme.

¿Salud? Por ahora me las arreglo sin los médicos.

¿Y el dinero? ¡Ay el dinero!

Debo decir con relación a “la ramera universal” como la llamó Shakespeare, que no quiero ser un tipo que necesite guardias para custodiar cada centavo, ni quiero concederle más importancia a la cuenta bancaria que a mi tranquilidad. Compadezco a esos avaros que por temor a quedarse pobres en el futuro viven como pobres en el presente.

Las ideas expuestas en estas líneas han sido inspiradas en la literatura vallenata del caribe colombiano, pues es esa mi intención: hacer de mi vida un vallenato, una forma de ver el mundo como lo sugirió García Márquez en cien años de soledad. Dicho de otra manera: forjar  una actitud frente a la vida. Pero también forjar una actitud frente a la soledad, frente al pozo del exilio en una ciudad tan fría, indiferente  y distante de mi cultura, frente a la crisis que se vive en el país que nos obliga al encierro.

Pero esta literatura, y la literatura en sentido amplio, ha sido la roca a la que me aferro para no reducirme a la mera condición biológica de los animales. La literatura ayuda a sobrevivir. Es una tabla de salvación en este universo de frivolidades, de desaliento y desesperanza incubada en algunos espíritus maltrechos, vacíos y angustiados. Flaubert lo dijo hermosamente en una de sus cartas: un autor se aferra a su obra como a una roca, para no desaparecer bajo las olas del mundo que lo rodea. Y lo mismo podría decirse de todo lector.

Concluyo con esta perla que encontré leyendo al  escritor rumano Mircea Eliade: «En los campos de concentración rusos los prisioneros que tenían la suerte de contar con un narrador de historias en su barracón han sobrevivido en mayor número. Escuchar historias les ayudó a atravesar el infierno».

Y, en condiciones menos difíciles que la anterior, estar seguro de que la literatura vallenata y la literatura me ayudan atravesar con gran actitud estos tiempos funestos. Para esto sirve la literatura en tiempos de confinamiento.

 

ELKIN MONTES

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