LA INCOMODIDAD DEL ESCRITOR

A propósito de los confusos y desastrosos acontecimientos que está viviendo actualmente el mundo con la pandemia del Covid 19, quiero hacer una pequeña reflexión sobre la producción literaria desde la incomodidad del escritor ya que en su sentir lleva la honestidad artística. Es decir, el literato no escribe simplemente por la fama o por el dinero sino por concebir la obra como un punto de referencia a partir del cual convergen tanto la experiencia del autor como la del lector para lograr formar la contemplación estética. Es así que numerosos escritores plasmaron sus deseos y preocupaciones en el papel, y aunque muchas veces se vieron acosados por las penurias, estas sirvieron como resorte para lograr producir obras excelsas que permanecen hasta nuestros días.

En este orden de ideas, quiero referirme a los literatos que crearon sus obras bajo el marco de terribles sucesos históricos o personales a la vez que consiguieron que su creación artística se alzara como un foco de crítica sobre la condición humana. No obstante, hay que decir que, en este proceso, el propio autor no aparece como mero testigo indemne de los acontecimientos, sino como un individuo afectado por esa problemática, porque: ¡qué sencillo sería criticar tal o cual infortunio si ni siquiera se ha vivido en carne propia los rigores de la desgracia! Por otra parte, cuando la literatura mantiene una libertad, cuando se halla de veras emancipada de intereses comerciales o políticos, puede realizar un examen detallado sobre los hechos de la cotidianeidad que, por nefastos que sean, no pueden ser ocultados y menos aún edulcorados. Las letras se yerguen como una suerte de radiografía social que versa sobre la humanidad, procurando poner el dedo en la llaga, por más que el dolor se trastorne en incomoda verdad.

Es así como la existencia humana se debate en una coyuntura que tiene por objeto la contingencia en el ser y de sus posibilidades ante la vida. La forma de ser y hacer, frente a las circunstancias a las que se enfrenta el hombre, conducen a que sus actos estén guiados por los más profundos sentimientos, siempre afrontando la crisis, justo como la que estamos viviendo en este momento. La obra literaria no sólo sirve de escape ante las problemáticas que vive la humanidad, más bien es un vehículo que analiza nuestra manera de actuar ante las circunstancias, es un conjunto de expresiones estéticas que ayudan a escudriñar las problemáticas que aquejan al hombre, algo que las ciencias exactas aún no han podido conseguir. El ser se escapa a los estrictos cálculos del racionalismo, pues no opera bajo códigos binarios, ni mucho menos; el hombre es una extraña mezcla de pasión y razón, que no puede ser tratada de otra forma más que un examen humanista, es decir mediante la literatura.

Por otro lado, se sabe que, en este país de ciegos, donde el tuerto es rey y gobierna cada cuatro años, no existe una cultura del libro especialmente asentada, es más, la literatura se convierte en simple esnobismo por “leer” (o apenas comprar) el libro de tal o cual autor, como si fuera un mero accesorio para llevar bajo el brazo junto con el Iphone, para aparentar una falsa intelectualidad. También es cierto, que el circulo literario nacional está plagado de autores que fueron encumbrados gracias a la solapada crítica nacional de los medios periodísticos de renombre y de las maquinarias publicitarias. Es el caso de aquel señorito que logró volverse escritor gracias a la complacencia de unos padres ricos y de la copia descarada de un nobel nacional. Fácil hacer literatura cuando en el garaje se tiene el tanque del carro lleno, así como la cuenta bancaria. Qué distinta de la forma de crear de ese otro literato agobiado por la pobreza y, en muchos casos, vilipendiado por una sociedad que le aparta de sí, como si de un miembro gangrenoso se tratase.

Decía Sábato, en su Abbadón el Exterminador, que la carrera literaria está llena de humillaciones, odios y decepciones, pues la crítica amañada y el público intransigente jamás aceptarán la obra del advenedizo, así su disertación contenga las afiladas palabras de la razón. Estos autores, que han tenido que vivir al borde del suicidio en pensiones baratas, subsistiendo con migajas, con el acoso de las deudas, las enfermedades y las adicciones, son los que se han encumbrado como los verdaderos artistas ya que procuraron decir en sus páginas la lóbrega verdad, pues al no poseer nada, han conseguido escapar de los engorrosos compromisos con los que se hallaban atados sus colegas más acomodados. Y aunque es cierto que muchos de los grandes escritores pudieron saborear las mieles del éxito estando en vida; también es apropiado afirmar, que otro tanto, apenas sin conseguía el sustento básico para no morir de hambre, pensemos, por ejemplo, en el alcoholismo de Poe que lo llevó a la ruina.

Paradójico es que la buena literatura se compromete cuando surge de la pluma de un escritor desesperado, es el caso de Dostoievski, pagando las deudas que había contraído por el juego con sus novelas, hoy ensalzadas como la más exquisita obra que ha podido crear la humanidad. Esta desesperación, como la de aquel hombre que se encuentra al borde del precipicio, aferrado apenas por endebles raíces para no caer, es lo que yo considero como el muelle vital sobre el cual surge y se mantiene la buena literatura, aquella que no está diseñada para agradar o volverse dulce soneto, ni tampoco producto mercantil. Porque son las letras, el punto de referencia para resistir y encontrarse con el otro, para identificarse y reconstruir la realidad, es, además, la ruina de la barrera espacio-temporal.

Por eso, ante la coyuntura actual de una pandemia que no se veía venir, y ante la obra de arte, vista en no pocas ocasiones como mero accesorio de la vanidad humana, conviene rescatar el papel que han tenido los verdaderos escritores, quienes, en sus elucubraciones, nos advirtieron que, pese a todo, aún se mantiene encendido un rescoldo de humanidad en nuestro interior, y que no podrá ser disipado ni siquiera con un virus de proporciones bíblicas. Me quiero referir aquí a aquellos autores que escribieron y escriben desde la incomodidad de su ser para poder hacer visible las eventualidades de la áspera realidad, siendo plasmada en la obra literaria para rememorar cuál fue nuestra responsabilidad frente a la adversidad.

JORGE VANEGAS A.

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