LA LITERATURA ES UNA FORMA DE EJERCER LA LIBERTAD AUN ESTANDO PRISIONEROS

La literatura está asociada con las emociones, los lectores de novelas, los espectadores de obras dramáticas, encuentran en estas obras un camino hacia el temor, la congoja, la piedad, la alegría, el deleite e incluso el amor apasionado Nussbaum (1995, p.85). En esta postura de Marta Nussbaum es en donde radica la esencia de la justicia poética que se le hace a la literatura en estos tiempos de incertidumbre universal. Por tanto, compartiendo la posición de esta autora, presento mi tesis a defender en este ensayo: la literatura desde sus dimensiones éticas y morales construyen una sensibilidad en los lectores para enfrentar las adversidades que se le presentan en su existencia. Y las emociones, desde donde se construyen estas dimensiones, son los efectos estéticos que produce la literatura para lanzar a sus lectores hacia un estado espiritual más allá de su realidad inmediata; es decir, hacia el valor de lo bello que prevalece en toda obra literaria.

Este valor de lo bello se presenta, cuando abandonados en la lectura de obras literarias, proyectamos otros mundos alternos a nuestra realidad, en el que las preocupaciones cotidianas y nuestras angustias frente a la existencia y la muerte son borradas al ser partícipes de los poderes de la ficción. Esos sentimientos que experimentamos al entregarnos sin ningunas reservas a las historias que leemos, nos proponen otras formas de vivir y de ver la vida. Cuando conocemos “la alegría, el deleite e incluso el amor apasionado” en los mundos ficticios hábilmente creados por la literatura, nos sentimos otros. Es precisamente a través de este estado de catarsis que empezamos a concebir la realidad de manera más crítica hasta el punto de llegar a cuestionarnos sobre si en verdad la vida propuesta por la literatura es mejor, es más perfecta y más sublime que las que nos ofrece la vida en que nos movemos diariamente.

De manera que la literatura en tiempos de confinamiento, es una llave a la libertad. Sobre todo a la libertad del pensamiento y a la proyección de nuestro espíritu. Sartre lo sugirió de   manera reveladora, cuando prisionero por los nazis, dijo que nunca había sido más libre que en estos tiempos de prisionero. Y quizá sea en estas circunstancias cuando el hombre, inserto en una sociedad, se cuestiona sobre el sentido de la libertad y de su existencia. ¿Será que la libertad consiste en no estar prisionero? ¿O será que la libertad se reduce a la mayor longitud de espacio en el que nos podemos mover? Gómez Jattin nos responde muy a su modo en uno de sus poemas: “¿quién fuera otro libre pero analfabeto?/ No. Y no lo quiero/ prefiero padecer con las palabras/ padecer pensando a estar amarrado a un placer/ sin el cielo del espíritu”. O dicho de otro modo: el poder sensible que producen las palabras.  Y si llevamos al extremo esta poética de Jattin: la libertad que produce la literatura en todas sus manifestaciones de la palabra.

Pero esta libertad a que aducen dichos autores, y que es aún más rica y amplia que las que nos permite la vida real, no sería posible sin las dimensiones éticas y morales que permean la sensibilidad del lector y lo lanzan a una toma de posición frente a las realidades y frente a su existencia en el mundo de la vida. Me explico: toda obra literaria oculta en su contenido estético de manera muy sutil y sensible unas intencionalidades éticas y morales; esto es, una capacidad de acción y de argumentación para forjar por sí  mismo una conciencia frente al mundo. La literatura como vehículo ideológico construido con lenguaje comunica un mensaje y este mensaje también, en su nivel más profundo, es un mensaje moral. Puesto que construye en sus lectores esquemas de pensamientos muy sólidos para tomar decisiones frente a sus problemáticas o dilemas en la vida. Porque fortalece el carácter de los lectores para tomar posición frente a las realidades que los rodea como las injusticias, las infamias, lo indigno que puede ser cuando al hombre se le vulnera su condición.

De modo que el lector, como parte de la sociedad en que vive, construye valores éticos (el amor, la piedad, la cólera, el sentimiento de injusticia, la solidaridad, la hermandad, la libertad) a partir de su encuentro con la literatura. Esto es, enriquecer su condición de ser humano al dejarse permear por los mundos construidos en las obras literarias que lo convierten en otro; en un hombre más sensible frente a su mundo.

Por lo tanto, en el encuentro entre el hombre y la literatura y sobre todo en estos tiempos de crisis, permite que se piense la percepción sobre la vida y la realidad de una forma más profunda. Y que esa libertad agazapada en toda obra literaria, capaz de transformar en un estado poético al lector y proyectar otras formas de existencia, se experimente de manera más potente en estos tiempos de confinamiento. La literatura es una forma de salvación: nos permite ejercer la libertad aun estando prisioneros. Y lo que es mejor todavía: nos induce a pensar en el otro, en el prójimo y solidarizarnos con su condición.

La literatura es otra forma de existir y su compromiso es con la libertad de los hombres.

Jeimmy Celis Salamanca

 

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